
Quienes somos?
De la mano de una cordial pareja que se esmera en brindar atención personalizada al visitante, la estadía en el San Ignacio Country Club se torna muy agradable. El lugar tiene su encanto. Un bosque con árboles nativos, arroyo de aguas cristalinas, animales del campo y cómodas cabañas equivalen a un paseo inolvidable.
Hace 14 años se inauguró el San Ignacio Country Club. Y fue creciendo hasta llegar a las comodidades que dispone hoy. En sus inicios ofrecía sauna a vapor y cancha de paddle, más bien una onda saludable y deportiva. Pero, en base a la aceptación del público, los dueños, Ana María Forneron y Gustavo Jhave, pensaron que un complejo estilo campestre podría funcionar. Y, de a poco, levantaron las cabañas necesarias. Ahora suman cuatro habitaciones tipo bungalows, bastante acogedoras. Tienen aire acondicionado, televisor, cama matrimonial y dos pequeñas para niños, baño privado.
La decoración –alegre y colorida– mezcla pósteres, cuadros de paisajes y trozos de madera en alto relieve. Algo contemporáneo, rústico e ingenuo, a la vez. Amplios ventanales enmarcan la belleza del panorama agreste con todas las gamas del verde.
El country club se asienta en una propiedad de 10 hectáreas, con entrada sobre la Ruta nº 1 Mariscal López. Queda en el kilómetro 230, apenas al pasar el área urbana de la ciudad de San Ignacio, en el departamento de Misiones. Una frondosa arboleda da la bienvenida a los visitantes, sin hacer alarde de los atractivos que se van descubriendo con el correr de las horas.
La infraestructura principal incluye una piscina, una cancha de paddle, otra de fútbol con luz artificial para partidos nocturnos, cancha de vóley sobre pasto, juegos infantiles y un enorme quincho. En este ventilado espacio con música funcional, los huéspedes cuentan con una mesa de billar y pueden elegir sentarse en relajantes hamacas, cómodas sillas playeras o bancos de troncos rústicos. En un extremo se instala la barra que sirve de cantina. Está adornada con palos de tacuaras y ambientada con pinturas y tallas de Cristo, ángeles o vírgenes, sobre trozos de madera del bosque, de caprichosas formas. Son obras firmadas por los artesanos locales Luis Figueredo, Pedro Martínez y el dueño de casa.
En el gran patio, empastado y bien cuidado, resaltan los malvones con flores muy rojas, plantas de mamón cargadas de frutas y palmeras. En sus dimensiones se distribuyen un par de quinchos privados con sillones confortables, algunas parrillas individuales y el sector para camping. Además de frescura y tranquilidad, los visitantes del San Ignacio Country Club encuentran opciones distractivas. Todas relacionadas a lo que la vida rural ofrece. Pueden asistir al ordeño de vacas, recoger huevos del gallinero, regar las verduras de la huerta o pasear a caballo. Hay tres equinos muy mansos: Patiño (cuarto de milla), Pepito (welch) y Cindy Crawford (raza árabe), para una divertida cabalgata por el bosque.
Detrás del corral de las ovejas se halla el matorral preservado con carácter ecológico. No se permite la tala de ninguna especie autóctona. Se ven añosos ejemplares de lapacho, kurupa’y, guajayvi, laurel, cedro, timbó e yvyraro. Hacen saber los anfitriones que justamente el bosque es lo más apreciado por los turistas europeos que han visitado el complejo. “Aquí ya estuvieron italianos, franceses, canadienses y holandeses. Sabés que se quedaron encantados con la naturaleza; no podían creer lo que veían. Se pasaron filmando y sacando fotos desde todos los ángulos. Y decían que en sus países ya no existen montes vírgenes”, relata Gustavo.
Entre las ramas, abundan los pájaros. Y con sus trinares hacen oír un concierto de sonidos silvestres. Con cierta pena, Ana María cuenta que inclusive los árboles eran frecuentados por monos y karaja, pero prácticamente desaparecieron porque los vecinos invaden las alambradas para matarlos a tiros. Al atravesar el bosque se accede a un pastizal habitado por teros que, apenas sienten la presencia humana, revolotean y agudizan sus trinos. Y enseguida se alcanza el cauce del arroyo Tahyity, de aguas transparentes y muy frías que corren sobre arena. Un tronco caído hace de puente y se llama “árbol del amor”, porque es el sitio preferido de las parejas para sus momentos románticos. En las orillas crecen plantas medicinales: agrial y jaguarundi, principalmente. Y también flores, como el agosto poty.
Los huéspedes del club campestre reciben un trato muy familiar. Son los propios dueños quienes se encargan de recibir a los visitantes y ellos mismos preparan las comidas que sirven a la hora del desayuno, almuerzo y cena. “El menú es tradicional, lo que se come normalmente en las casas. Como si fuéramos una familia compartimos con los huéspedes todo lo que tenemos, nuestra amistad, nuestra comida... sopa paraguaya, variedad de ensaladas y carnes de diversos tipos: vaca, pollo, pescado...”, detalla Ana María, la que dirige la cocina con dominio de los sabores.
“Esto no solo está abierto para extranjeros, sino para los paraguayos que quieran hacer turismo interno. Queremos que nuestros compatriotas vengan a disfrutar de la naturaleza y a conocer las bellezas que hay en este maravilloso país”, invita Gustavo. Una pareja feliz.
Gustavo Jhave y Ana María Forneron se conocieron en épocas de la facultad. El estudiaba Ciencias de la Comunicación en la UNA y ella, Sicología en la UCA. Fueron novios y se casaron en 1987. Tienen cinco hijos: María Luisa, Rebecca, Elena, Benjamín y Elías.
Gustavo es peruano. A los 18 años huyó de su país, oprimido por la dictadura. Llegó a Bolivia y se encontró con igual política, pasó a Chile y fue lo mismo. En el 83 vino al Paraguay y optó por quedarse.Es el mayor de 8 hijos de una familia humilde. Hoy, sus padres y hermanos ya están radicados en el país.
Ana María es hija de estancieros, nacida en San Ignacio. Dejó de ejercer su profesión de sicóloga para atender el complejo turístico que se ubica al lado del campo de sus padres.
Quietud. El silencio y la paz dominan el ambiente que privilegia la onda ecológica. Cómodas hamacas y camas son ideales para el relax. En el horizonte, la caída del sol despide la tarde. Se vuelve una enorme esfera naranja que inspira y sensibiliza. De golpe, un soplo de viento. Vuelan las hojas secas. Y se respira oxígeno puro. La naturaleza se manifiesta arriba y abajo. E irradia paz. Es cuando uno se percata de que las cosas simples son capaces de generar emociones. Y aquí, la estancia adquiere un sentido reparador: borrar el estrés y aliviar el espíritu.
